18 nov. 2007

Azaña y la quema de templos. Miguel Maura. Antonio Goicoechea

Iglesia e imágenes desrozadas por los milicianos republicanos

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                                                      Azaña y la quema de templos
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Apenas había transcurrido un mes desde la proclamación de la Segunda República, cuando sucedió en España un suceso inaudito, una cadena de tropelías que marcaron al nuevo régimen, dejando definidos sus protagonistas a la vez que la nación entera quedó abocada a un estruendoso descarrilamiento: a la guerra total, después de más de un siglo de enfrentamientos sangrientos: de españoles contra españoles, o contra hijos de españoles (en América del Sur y Central), en la llamada Guerra de Independencia, en las inacabables guerras carlistas; en la guerra originada al ser derrocada Isabel II y, al final, en el Caribe y Filipinas contra Estados Unidos; amén de la posterior guerra de carácter imperialista en Marruecos.
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Todas estos conflictos eran evitables, todos ellos contribuyeron a separar el pueblo español en dos mitades; una de ellas vivía en la miseria económica y cultural. Las dos habían estado y, estaban, mal unidas, pero al fin y al cabo unidas entre sí gracias al poder y, sobre todo, a la falta de cohesión o comunicación dentro de las clases proletarias, obreros y campesinos, y en ambas entre sí. Sin embargo, cuando estas clases se fundieron, a la sombra del socialismo bolchevique, y cuando desde el poder (que estaba al servicio del capitalismo antisocial existente en esos años de desarrollo de la era industrial) se distanció hasta términos inusuales a las clases sociales; entonces,  comenzó la tragedia, el azote de la guerra.
Caricatura de Azaña en
"Gracia y Justicia"
Con la instauración de la República, en lugar de intentarse acercar unas clases sociales a otras, se orquestó un régimen que desde sus primeros días de gobierno marcó una política que golpeaba de frente a las clases tradicionales en sus creencias, tranquilidad y costumbres, y fomentaba, por su pasividad, el vandalismo y la delincuencia de las clases desfavorecidas, empobrecidas y que no habían tenido acceso a la cultura. Lamentable situación a la que se había llegado debido a la política desarrollada por la monarquía durante "cinco generaciones perdidas", las comprendidas entre los reinados de Carlos IV y Alfonso XIII.
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Los esfuerzos de Juan Prim y, con anterioridad los realizados por los liberales del primer tercio del siglo XIX fueron insuficientes para cambiar el rumbo reaccionario de España y, por el contrario, acabaron en tragedia para algunos de  aquellos protagonistas que intentaron modificar el curso de una historia anclada en la Edad Media. El principio del final de la Segunda República se inició un 10 de mayo, el de 1931, en una jornada insólita en la que gratuitamente y con ensañamiento se atacó a las creencias religiosas y culturales de España.

Incendiada la iglesia de los jesuitas en Madrid. Gran Vía esquina a Flor
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... .                                     .           .¡A QUEMAR TEMPLOS!
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Francisco Franco y Manuel Azaña
En los días iniciales de su mandato, el Gobierno Provisional de la Segunda República publicó un Decreto de Amnistía para "todos los delitos políticos y sociales y de imprenta". Consecuencia, se abrieron las puertas de las cárceles. Sin embargo, no se tomó medida alguna precautoria para imponer el orden preciso.
El 10 de mayo de 1931 era domingo. Una reunión de monárquicos donde se significaba Juan Ignacio Luca de Tena, propietario del diario ABC, en cuya redacción se celebró la velada, finalizó con los acordes de la Marcha Real y vítores al Rey, acción que fue mal vista por las izquierdas, que asaltaron, al día siguiente, las instalaciones del periódico madrileño.
Animados por la falta total de presencia policial los revoltosos marcharon luego a la iglesia que los jesuitas tenían en la calle de la Flor. Allí incendiaron tanto el edificio como las valiosas obras en él depositadas.
La policía seguía sin ofrecer algún tipo de resistencia, por lo que los incendiarios continuaron quemando iglesias, conventos y sedes católicas, como la del "Instituto Católico de Artes Industriales" en la calle Alberto Aguilera. Factor común de los incendios de edificios utilizados para actividades de la cristiandad era la ubicación de ellos, casi todos pertenecían al centro de Madrid.
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"El Socialista"l12 de mayo 1936 y su
información sobre la quema de templos
La "fiesta" de "A quemar templos" se extendió a Alicante, Sevilla, Málaga y Granada. En Murcia se destruyó la sede de "La Verdad", periódico católico. En total se incendiaron más de doscientas iglesias y conventos entre los días 11 y 12 de mayo de 1931.
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El católico Miguel Maura, a la sazón ministro de Gobernación, narró en sus Memorias la reunión del Consejo de Ministros, efectuada cuando acababan de comenzar las tropelías en Madrid. Cuenta que él fue el único en quejarse, sólo eso, de la destrucción que se estaba llevando a cabo. En ese momento, Alcalá Zamora le espetó: "Cálmese Migué, que esto no es sino, como desía su padre, fogatas de viruta (Miguel era hijo de Antonio Maura y Montaner). No tiene la cosa la importancia que usted le da. Son unos cuantos chiquillos que juegan a la revolución y todo se calmará enseguida. Usted verá" (al ser Maura el responsable de las fuerzas del orden). Maura contestó: "¡Conque fogatas de virutas! Es usted un insensato. O me dejan ustedes sacar las fuerzas a la calle o arderán todos los conventos de Madrid unos tras otros". Entonces, Azaña intervino pronunciando su histórica y desgraciada frase, resumen de su pensamiento, que daba por finalizada la conversación y la necesaria toma de medidas: "¡ Eso no! Todos los conventos de Madrid no valen la vida de un republicano".
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Azaña y los incendiarios estuvieron apoyados por la actitud pasiva presente o la activa pasada de algún otro ministro. Destacaba la del laico Alejandro Lerrox, que había dejado claro su pensamiento en las palabras publicadas en "La Rebeldía" el 1 de septiembre de 1906, periódico revolucionario de Unión Republicana: "Jóvenes bárbaros de hoy: entrad a saco en la civilización decadente y miserable de este país sin ventura: destruid sus templos, acabad con sus dioses, alzad el velo a las novicias y elevadlas a la categoría de madres (...) No os detengáis ni ante los altares ni ante los sepulcros (...). Acababa el artículo con estas palabras: "¡Luchad, matad, morid!"
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El órgano oficial del PSOE, "El Socialista", amaneció al día siguiente, dando la razón a la filosofía de Manuel Azaña, la culpa de la irracional quema de templos la tenía "la insensata provocación de los monárquicos"; debido a ella "el domingo se produjeron sangrientos sucesos. Fueron incendiados numerosos conventos". El futuro incremento de estas acciones vandálicas estaba asegurado, su nivel de violencia, también. La Segunda República quedaba herida de gravedad, sólo nacer.
Antonio Goicoechea y simpatizantes
a la puerta iglesia de Jesús Medinaceli
En primer término, Antonio Bru Pascual
De inmediato, José Ortega y Gasset, Gregorio Marañón y Ramón Pérez de Ayala firmaron conjuntamente un artículo, publicado en "El Sol", señalando: "la multitud caótica e informe no es democracia, sino carne consignada a tiranía" y que "quemar conventos e iglesias no demuestran ni verdadero celo republicano ni espíritu de avanzada". En cualquier caso, esta respuesta era demasiado educada y ni apuntaba culpables inductores ni aportaba soluciones para el futuro.
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La inaudita y vergonzosa nota oficial dada por el Gobierno fue la siguiente: "Volved al trabajo y dejad sólo en las calles a los conspiradores monárquicos y a los agitadores que hacen su juego a la extrema izquierda".
La calidad de las personas, que no de sus estudios, dineros o habilidades en charlar, que dirigían la República, estaba en total consonancia con estos desgraciados sucesos, y con los siguientes que iban a transcurrir en España durante algún tiempo más. Este singular acontecimiento sirvió para el desahogo de esa parte de la población anticapitalista y anticlerical y que con su violencia mal entendía el concepto de las libertades. Como, además, esas gentes esperaban que con la República iba a mejorar con rapidez su situación económica y social, y eso no aconteció en absoluto, su desencanto alimentó su desatino conforme transcurrían los días.
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                                                  Tropelía cometida con los jesuitas
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Pero no hubo remordimiento alguno por las tropelías cometidas en mayo de 1931. Todo lo contrario, y es lamentable que en unos años de gobierno que podemos considerar de derechas, no sólo se castigó la furia anticlerical de ese mayo, sino que se dictaminó que la fatal marcha económica de la economía, existente desde que se instauró la República, se resolviese con medidas contra la Iglesia.
El caso es que el 23 de enero de 1932, Azaña a través del ministro de Justicia, Fernando de los Ríos, decretó disolver la Compañía de Jesús.
José Antonio Primo de Rivera y los falangistas
se adiestran en Estremera
Además, por el decreto se expropiaba a los jesuitas de todos sus bienes, templos, residencias y obras sociales, y se les conminaba a irse de España en el plazo de diez días; la única alternativa era la de renunciar a sus hábitos y admitir la legalidad del decreto. Se vieron afectados tres mil jesuitas y algo más de seiscientos estudiantes, futuros jesuitas.
Los argumentos y peticiones del papa Pío XI no tuvieron el más mínimo reflejo en la normativa decretada por el gobierno español. Quizás, Pío XI pudo  frenar con levedad las siguientes ataques a realizar contra el cristianismo, sus creyentes, sus órdenes y sus bienes.
La reacción de la prensa, controlada y bien subvencionada, fue mínima o insuficiente. La reacción de las juventudes de clase media y cultura cristiana comenzó a fraguarse, a conformar agrupaciones contra la filosofía condensada en: "España ha dejado de ser católica porque sí, para eso estamos en democracia".
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                   Síntesis de los acontecimientos posteriores. El imperio de la violencia
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tanques soviéticos del Frente Popular
Sucesos quizás menos espectaculares, pero sí más trágicos, sucederían en los próximos tiempos; lógico tras la postura condescendiente adoptada por los dirigentes republicanos desde el primer momento. Los acaecidos en Castilblanco y Casas Viejas dieron paso a la intentona revolucionaria de septiembre y octubre de 1934, en las que milicianos, liderados por Indalecio Prieto, intentaron armarse para tomar con violencia el poder, a imagen y semejanza de la Revolución Bolchevique, en unos momentos en los que existía un Gobierno casi monocolor del centrista Partido Republicano Radical, PRR, de Alejandro Lerroux.
Es de significar que las elecciones previas a la revolución de octubre las había ganado la coalición de derechas, que logró 204 escaños, 115 de los cuales correspondieron a la Confederación Española de Derechas Autónomas, CEDA, de José María Gil Robles. El centro había conseguido 168 escaños, de ellos 102 eran del Partido Republicano Radical, PRR.
La coalición de republicanos y socialistas sólo consiguió 94 diputados, justo castigo a la mala gestión realizada durante más de tres años. Dentro de este grupo parlamentario, el ORGA de Santiago Casares Quiroga bajó su representación a un sólo escaño. Mientras, el recién estrenado Partido Comunista Español logró un diputado. Tampoco esta vez se tomaron las medidas adecuadas, pues éstas sólo consistieron en dar entrada en el gobierno a tres miembros de la CEDA y en sustituir en su presidencia a Ricardo Samper por Alejandro Lerroux, ambos del mismo partido.
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Caricatura de Gil-Robles
Las izquierdas, que daban por perdida la toma del poder a través del sufragio, vistos los recientes resultados, realizaron otro intento, a poco más de veinte días del dirigido por Prieto: "La Revolución de Octubre"; y en esta ocasión no sólo se destruyeron templos e imágenes sino que se asesinó tanto a religiosos como a civiles. Francisco Franco, que hacía muy pocas semanas había sido ascendido al cargo de general, había apagado, bajo el mando de Eduardo López Ochoa (en agosto de 1936, los milicianos le cortaron la cabeza mientras estaba hospitalizado en el Gómez Ulla, paseándola, a continuación por las calles próximas), la sangrienta revuelta extendida en la cuencas mineras de Asturias y León.
Hombres como José María Gil Robles, Antonio Goicoechea y José Calvo Sotelo aparecieron tarde en el escenario político para sustituir, dentro de los políticos republicanos católicos, a los incompetentes Alcalá Zamora y Miguel Maura en la toma efectiva de soluciones, en la denuncia y control de las tropelías. Tan tarde que su único destino era el que les asesinaran, y si bien Gil Robles y Goicoechea pudieron eludir ese triste e inmediato desenlace, no tuvo asimismo esa oportunidad Calvo Sotelo, asesinado por milicianos socialistas gubernamentales en una noche de julio de 1936 (1).
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milicianos de la República fusilan al Cristo
del Cerro de los Ángeles. Madrid
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(1) Leer detalles del asesinato y de los asesinos de Calvo Sotelo en "España no era demócrata en 1936. Calvo Sotelo vs Pasionaria"
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Capítulo siguiente. "Azaña: España ha dejado de ser católica"
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Fotografía de cabecera: Iglesia destruida en su interior.
Fotografías en orden descendente:
Templo destruido en su interior
Portada de "Gracia y Justicia" con la caricatura de Manuel Azaña.
Incendio del templo de los jesuitas en la calle de la Flor, en Madrid.
Azaña y Francisco Franco.
Portada del periódico "El Socialista", del 12 de mayo, con el relato de la quema de conventos.
incendio de la iglesia de los jesuitas
Antonio Goicoechea con militantes y simpatizantes, en las puertas de Jesús de Medinaceli.
Jose Antonio Primo de Rivera y sus falangistas etrenándose en Estremera.
Tanques T-26 soviéticos del Frente Popular
Caricatura de José María Gil Robles, líder de la CEDA
Milicianos del Frente Popular "fusilan" el Cristo de el Cerro de los Ángeles.
10 de mayo, incendio de la iglesia de los jesuitas situada en la Gran Vía madrileña esquina a la calle Flor
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Leer"El Alzamiento Nacional fue proyectado y provocado por la Internacional Comunista y el Gobierno de la República Española del Frente Popular"
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